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| EDITORIAL |
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| Pensando en las Madres |
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Precisamente cuando llega mayo, el mes de la madres, esos maravilloso y sin iguales personajes al que buena parte de la humanidad está especialmente unida, porque son ellas quienes nos dan la vida, después nos colman de amor, luego nos brindan sus cuidados, nos forman como personas a través del ejemplo y por último, se convierten en el pilar y en el faro que nos mantiene de pies en tierra en nuestras crisis, iluminándonos con un buen consejo, exigiéndonos lo que ellas saben que podemos dar o sencillamente abrazándonos para darnos animo y seguridad; esos maravillosos personajes, al igual que la mayoría de las especies bellas de la naturaleza, parecen estar en vía de extinción.
Las llamadas, no quieren ser madres porque tienen otras prioridades; las que quieren, no pueden ser madres por excesos de anticonceptivos, estrés o ansiedad y las que son, tienen que repartir su maternidad con tal cúmulo de actividades para poderles dar techo, comida, educación, salud, vestido y recreación a sus hijos, que apenas si les queda tiempo para expresarles su amor, y cuando lo hacen,en la mayoría de los casos, es permisivo y enfermizo porque está cargado de culpas, por su falta de presencia y atención. Y ni qué hablar del ejemplo, ese rol ya se le endosó de manera total y contundente a los profesores y compañeros, en los colegios, y a las empleadas, el televisor y las computadoras, en la casa.
A este panorama, ya de por si bastante complejo, se le suma el componente emocional tanto de las madres como de los hijos que, en cualquier momento y por miles de motivos, se ven avocados no solo a la separación de la familia, sino a la construcción de nuevas y múltiples estructuras afectivas y familiares que generan tal magnitud de descargas emocionales, que terminan rompiendo los canales de comunicación, base fundamental de todas las relaciones humanas incluidas las de la célula social primaria, como lo es la familia. |
Los efectos de estas nuevas conductas afectivas y patrones filiales, han terminado por producir una nueva generación de hijos colombianos, víctimas de una violencia intrafamiliar que es producto de la insatisfacción de vida de todos sus miembros. Porque el problema de nuestro país, no se reduce a un asunto económico, político o social, se extiende a un problema del alma, tenemos el alma triste. La mayoría de colombianos se siente mal con su propia vida y no tiene muchas esperanzas de mejorarla y la mayoría de los colombianos son nuestros jóvenes. Solo hay que ver las cifras que entrega la Fundación Saldarriaga Concha cuando investiga sobre el futuro del país: Los jóvenes menores de 25 años,constituye hoy el 51% de los habitantes en Colombia, lo que significa que 11 millones de colombianos están entre los 14 y 26 años de edad; el 22,8% de ellos vive en la pobreza; el 62% de los estudiantes de 7º y 8º deserta del colegio y el 6,7% de la niñas bogotanas entre los 15 y 19 años de edad, son madres o están embarazadas.
Esta escalofriante radiografía de país, solo nos puede mover a pensar, en este mes de la madre, en cómo vamos a redireccionar nuestra vida como individuos y a las que les correspondió ser mujer-madre invitarlas a recuperar sus milenarias fortalezas, la ternura y la comunicación; la comunicación en la verdad y en el ejemplo. Si no empezamos por casa a mejorar nuestro país, no va a haber Tratados de Libre Comercio, ni créditos internacionales, ni siquiera reelecciones que sirvan. |
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